La carrera por el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) ha impulsado un auge sin precedentes en la construcción de centros de datos a hiperescala, una inversión que alcanzará cerca de US$3 billones en todo el mundo para 2029, según estimaciones del banco de inversión Morgan Stanley. Aproximadamente la mitad de esa cifra se destinará a infraestructura y la otra mitad a hardware especializado, marcando un hito en la historia tecnológica reciente.
Para poner en perspectiva esta inversión, equivale aproximadamente al valor total de la economía francesa en 2024. Solo en el Reino Unido se proyecta la construcción de 100 nuevos centros de datos en los próximos años, impulsados por empresas como Microsoft, que anunció una inversión de US$30.000 millones en infraestructura para IA.
A diferencia de los centros tradicionales, donde se almacenan datos personales y empresariales, los nuevos centros están diseñados para albergar potentes modelos de inteligencia artificial que requieren un procesamiento masivo y constante. Estos utilizan costosos chips de Nvidia, con gabinetes de procesamiento que alcanzan los US$4 millones cada uno, dispuestos a muy poca distancia entre sí para minimizar la latencia y permitir el procesamiento paralelo.
Cada nanosegundo cuenta: un metro adicional de distancia entre chips puede aumentar el tiempo de respuesta, lo que en un entorno de alto rendimiento se traduce en pérdida de eficiencia. Por ello, la densidad se ha convertido en un factor clave, permitiendo que grandes volúmenes de datos se procesen simultáneamente sin cuellos de botella.
Esta concentración de procesamiento genera un enorme consumo energético, con picos equivalentes al consumo simultáneo de miles de hogares. Daniel Bizo, consultor del Uptime Institute, describe el fenómeno como “un reto de ingeniería tan extremo como el programa Apolo”.
Para mitigar el impacto en las redes eléctricas, las empresas tecnológicas están recurriendo a soluciones innovadoras. Nvidia propone el uso de turbinas de gas independientes, mientras que Microsoft invierte en proyectos energéticos como la reactivación de la central nuclear de Three Mile Island. Google, por su parte, busca operar con energía libre de carbono para 2030, y Amazon Web Services se ha convertido en el mayor comprador corporativo de energías renovables del mundo.
El impacto ambiental de estas instalaciones ha despertado preocupación entre legisladores y comunidades. Uno de los principales retos es el alto consumo de agua necesario para refrigerar los chips. En Virginia (EE. UU.), se estudia una ley que vincularía la aprobación de nuevos centros a sus cifras de consumo hídrico. En Reino Unido, la empresa Anglian Water se ha opuesto a un proyecto por el uso de agua potable, proponiendo agua reciclada como alternativa.
Pese a las advertencias sobre el sobrecalentamiento del mercado, algunos expertos sostienen que la inversión es justificable. Zahl Limbuwala, de la consultora DTCP, afirma que “la IA tendrá un impacto mayor que tecnologías anteriores, incluida internet”, y considera que la infraestructura construida hoy será fundamental en el futuro.
Aunque algunos describen el auge como una posible “burbuja”, la diferencia con otros fenómenos especulativos radica en su base tangible. Los centros de datos de IA representan activos físicos de alto valor, aunque el ritmo de inversión actual no puede mantenerse indefinidamente.
Con el crecimiento exponencial de la demanda y los desafíos técnicos, energéticos y ambientales que plantea, el desarrollo de la infraestructura para la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los proyectos más ambiciosos y transformadores de la era tecnológica.
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